La Sorpresa



Fue a finales de mayo, en Madrid. Él estaba sentado en una terraza de la Plaza Mayor. Cruzadas las piernas, dejaba ver unos zapatos de una prestigiosa firma italiana. Vestía unos pantalones de lino, una camisa morada de seda y una americana color crema. Llevaba un sombrero panamá, que había deslizado levemente hacia atrás con un elegante ademán y simulaba leer El País, tratando de ocultar su impaciencia.

Hoy era el cumpleaños de Andrea. Hacía siete años, casi ocho, que no se veían. Desde que se fue a vivir a Dinamarca con su novio Soren sólo se habían carteado de forma bastante escueta y él había viajado un par de veces a visitarla, pero ella consiguió esquivarle bien en una ciudad que él no conocía. 

La cosa se puso fea a raíz de la muerte de Clara. Ella siempre le echó la culpa a él de la muerte de su madre. El parto se adelantó y aunque él reaccionó lo más rápido que pudo, o que la confusión le permitía, llegaron al hospital demasiado tarde para ambos, para Clara y para el bebé. Andrea llegó de la facultad y se encontró sola en casa. ¡Que raro! ¿A dónde habrá ido mamá a estas horas y en su estado? Andrea no pensaba que el parto de su hermanito, Carlos se iba a llamar, se hubiese adelantado cinco semanas. Estuvo todo el día sola y cuando él llegó a casa a la una y media de la noche, ella le estaba esperando temiéndose lo peor, pero sin lograr imaginarse lo que había pasado. Él entró descamisado, con el pelo empapado en sudor, con tal cara que ni su hija le reconoció en un primer momento.

—¿Qué ha pasado? ¿Y mamá?

Dio un largo y sospechoso silencio como respuesta y, al cabo de un instante, que se hizo eterno para Andrea, rompió a llorar.

Había llegado al final del periódico y de su tónica. Llamó al camarero y le pidió otra, dio la vuelta al diario y comenzó a releer los titulares. En la foto de la portada podía verse, chocando los cinco como buenos amigos, José María Aznar y Jordi Pujol. Eran las doce y veinte. Se retrasaba. Cuando ella le llamó la pasada Navidad, parecía más cordial que nunca.

—Para mi cumpleaños iré a España y nos veremos... tengo una sorpresa para ti que no te mereces...
Él solo esperaba que ella no hubiese cambiado los planes, a pesar de su promesa. Era capaz.

Pagó la cuenta. Setecientas pesetas por dos tónicas. Casi le escocieron los oídos cuando el camarero se las pidió muy amablemente.

Dobló por la mitad el periódico y lo dejó sobre la mesa. Empezaba a hacer calor y daban ganas de pasear. Se levantó, cogió el periódico y se dispuso marcharse, cuando un impulso le hizo volverse hacia la estatua ecuestre que hay en el centro de la plaza. Allí estaba ella, con un vestido blanco de tirantes que el viento ondulaba cerca de sus tobillos y una pamela amarillo pálido. Al lado estaba Soren muy elegante. Alto, rubio, con un poco de melena, vestido con un traje negro y camisa blanca. Ella le saludaba con el brazo, mientras Soren sostenía en brazos a una niña de unos tres años. Él se acercó y padre e hija se fundieron en una abrazo. Le dio un fuerte apretón de manos a Soren, cogió en brazos a Clara, su sorpresa, y la abrazó muy fuerte.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

Búsqueda avanzada en Google

Documentarse adecuadamente es una parte de la labor del escritor, tan importante o más que la propia escritura. Hoy día, internet nos proporciona una fuente de información vastísima, pero podemos perder mucho tiempo si no sabemos buscar bien lo que queremos.

A continuación, muestro unos pequeños consejos que, seguro, serán de gran utilidad.

Frases literales
Cada vez que se quiera buscar una frase literal, usaremos las comillas dobles. Se recomienda para buscar citas o nombres de personas determinadas. Por ejemplo: "En un lugar de la Mancha"

Excluir una palabra de la búsqueda
Para excluir una palabra de la búsqueda usaremos el signo menos (-). Por ejemplo, para buscar todos los sitios que contengan la palabra Cibeles y que no contengan la palabra Madrid, escribiremos: Cibeles -Madrid 

Buscar un término un sus sinónimos
Para buscar un término e incluir también las páginas web en donde se encuentren sinónimos del término buscado, usaremos la tilde ~ de la siguiente manera: ~árbol Buscará la palabra árbol así como sus sinónimos.

Buscar en una página web o en un dominio determinado
Para buscar un término en un dominio de internet o en una página web determinada usaremos la palabra reservada site: de la siguiente forma: jazz site:blogspot.com Buscará la palabra jazz en el dominio blogspot.com

Buscar páginas web que contengan enlaces hacia el sitio especificado
Para buscar las páginas web que enlazan con un sitio web determinado, usaremos la palabra reservada link: de la siguiente manera: link:santiagodelgado.com Buscará todas las páginas web que contengan enlaces hacia santiagodelgado.com

Intervalos de valores numéricos
Podemos buscar también un intervalo de valores numéricos. Para ello usaremos dos puntos seguidos. Por ejemplo, para buscar los libros de Camilo José Cela entre los años 1965 y 1980, escribiremos: Cela 1965..1980

Encontrar páginas similares a una determinada
Para buscar páginas web que sean similares a una determinada que ya conozcamos, usaremos la palabra reservada related: de la siguiente manera: related:wikipedia.org Buscará los sitios que sean parecidos a wikipedia.org

Definiciones de palabras
Para encontrar la definición de una palabra determinada, usaremos la palabra reservada define: de la siguiente manera: define:arado Buscará la definición de la palabra arado.



Los fantasmas de Menlove Ave.



No faltaron ni una sola vez a su cita durante aquellas semanas. Puntuales, siempre a la misma hora; a eso de las siete de la tarde. Siempre en el mismo lugar.

La esquina de Menlove avenue con 27th st. Era una hora de mucho tránsito; todo el mundo iba y venía. Las mujeres con sus bolsitos de mano, donde portaban su polvera y poco más, con sus sombreros de flores y sus perlas al cuello. Los hombres con pajarita y sombrero de copa, todos de negro. Un semáforo regulaba el tráfico en el cruce. Marchando de aquí para allá un Ford T, un Crossley, quizá algún Rolls Royce.

Siempre en la misma esquina, siempre a la misma hora. El sol iluminaba levemente las calles, dispuesto a ponerse. Allí, en la otra punta del cruce, entre el tráfico y las personas que caminaban, el viejo Tom observaba absorto. Él con sus anchos pantalones que le tapaban los pies, sus zapatos mates de hollín, su camisa desgarbada y su gorra, ocultando un pelo tan enmarañado como sucio. Ella, con su vestido raído, su bolsa cruzada y sus pies descalzos; en el pelo una horquilla que encontró en la basura. No parecía importarles la lluvia. Cuando se encontraban, se paraban, se miraban a los ojos, cogidos de ambas manos y se fundían en un abrazo que parecía no terminar nunca. Él le separaba el pelo de la cara, ella cerraba los ojos y le besaba. Nadie se fijaba en ellos, ni ellos lo pretendían lo más mínimo.

Fueron unas pocas semanas las que estuvo el viejo Tom viéndoles cada noche, desde la otra esquina del cruce, debajo de su abrigo, su bufanda y sus cartones. Nadie supo de aquella pareja, más que el viejo Tom. Tan solo fueron dos o tres semanas.

Esta historia me la contó una vieja que una vez encontré cerca de Menlove avenue. «Se quedaba mirando al otro extremo del cruce, atónito, con la mirada perdida en la distancia y en el tiempo. Yo nunca vi a los jóvenes que el viejo Tom me decía,… hasta la última noche. Fue entonces cuando vi a un muchacho y una muchacha que nos decían adiós con la mano desde la otra acera… Esa misma noche, entre sus cartones, murió el viejo Tom.»


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

Procesadores de textos

Si hay una herramienta informática imprescindible para un escritor es el procesador de textos. Desde los inicios de la informática personal, allá por los años 1980's hemos podido ver el desarrollo y sofisticación de estos programas.

Actualmente existen una gran variedad de procesadores de textos. Unos más sencillos, otros más complejos. Unos gratuitos, otros de pago. Unos más modernos, otros más clásicos.
A continuación señalo solo unos cuantos procesadores dentro de los más extendidos en el mercado.

Microsoft Word
Este es, desde principios de los años 1990's uno de los procesadores más populares y extendidos, a pesar de ser de pago. Cada 3 o 4 años, Microsoft saca una nueva versión con más herramientas, por lo que le convierte en uno de los programas de esta clase que más recursos informáticos precisa. Utiliza un formato de archivo propio no estándar (doc, docx), aunque puede importar y exportar a otros formatos que sí son estándar (odt).

Pros: Muy extendido por todo el mundo, lo que le ha convertido en un estándar de facto (no es un estándar reconocido por ISO/IEC).
Contras: Es de pago. Requiere ordenadores potentes para ejecutar las últimas versiones.

Más información: www.office.com

Libre Office Writer
Es el gran rival de Microsoft Word. Forma parte de la suite ofimática Libre Office y está desarrollado por The Document Foundation. Como formato de archivo utiliza el estándar ISO odt. Aunque puede exportar e importar documentos de Word. Además tiene la opción de exportar directamente a formato pdf. Es un procesador muy completo de alto nivel y se encuentra disponible para las tres grandes plataformas (Windows, Linux y MacOS).

Pros: Es gratuito. Utiliza formato estándar ISO/IEC. Exporta directamente a pdf. Es muy completo y multiplataforma.
Contras: Requiere máquinas potentes debido a la gran cantidad de herramientas que contiene. Está menos extendido que Word, aunque la tendencia está en ascenso.

Más información: es.libreoffice.org

Abiword
Este software es una gran opción para dos tipos de usuarios: aquellos que no dispongan de un ordenador moderno y aquellos que deseen un procesador de textos sencillo de usar pero con todas las características que necesita un escritor. Abiword vió la luz en su primera versión en 1998. Es un programa más modesto que los anteriores, aunque cumple todos los requisitos de un procesador de textos. En consecuencia, necesita menos requisitos tecnológicos. Es ideal para ordenadores antiguos con menos prestaciones. Utiliza un formato de archivo nativo, aunque es compatible con los formatos estándares, así como con el de Microsoft Word.

Pros: Es gratuito. Es compatible con todos los formatos más utilizados. Es ideal para ordenadores antiguos y para personas que no quieran complicarse la vida con complicadas aplicaciones para escribir textos.
Contras: Quizás, los usuarios más avanzados echen de menos alguna de las características más propias de las grandes aplicaciones.

Más información: www.abisource.com

Los ojos de un gato negro



Cuando ella reapareció, mi mundo, ese mundo que me había construido poco a poco, durante tantos años, totalmente a mi gusto, a mi imagen y semejanza, se vino abajo. No sé cómo me encontró. Yo me consideraba por entonces totalmente perdido y desaparecido para los demás.

Apareció un día a la hora de comer en mi propia casa. Si hubiese llamado por teléfono, podría haberla evitado de alguna forma, pero se presentó en casa. Sonó el timbre (un solo dindón). Pensé en la presidenta de la comunidad de vecinos que volvía a pedirme ayuda porque no le casaban las cuentas. Así que abrí sin mirar por la mirilla. Me quedé paralizado. Supongo que pondría cara de haber visto un fantasma. Y, al fin y al cabo, eso era lo que estaba viendo.

                —Bueno, ¿no me vas a saludar?
                «¿Eh?»
                —Vamos, despierta.

Allí estaba ella igual que siempre. No había cambiado. Su mirada, su sonrisa, sus mofletes. Gracias a la enorme locuacidad que me permite desenvolverme ante cualquier situación, dije:

                —¿Eh?

Abrí los ojos y la boca; como un estúpido me la quedé mirando. Al fin pude reaccionar y la invité a pasar.

Comimos en casa, no gran cosa, ni siquiera lo recuerdo. Me sentía muy distante a ella, pero empezaba a apoderarse de mí un sentimiento que volvía vertiginosamente desde un pasado lejano, muy lejano.

Nos fuimos a tomar el café y a hacer la sobremesa a un bar del puerto al que yo suelo ir todavía, casi todos los sábados.

                —Me ha costado encontrarte, llevo tres meses siguiéndote la pista.
                «¿Y qué son tres meses comparados con veintisiete años?»
                —Sabía donde tenía que buscar, pero hay muchos institutos en Asturias.
                «¡Bingo! Quien la sigue, la consigue».

Me contó su historia, veintisiete años de historia personal. Se fue a vivir a París con un francés, pero a los meses volvió a Madrid. Para entonces yo ya había desaparecido.

                —Me dejaste de escribir…
                «Normal, nunca me cayó bien aquel engreído franchute».
                —…y cuando volví, ni Carlos sabía dónde te habías metido.

Estuve escuchando durante toda la tarde, ya que esos veintisiete años, a mí se me reducían al mismo día, a la misma monotonía. Veintisiete años de monotonía, rota por su violenta aparición.

                —Cuando no te encontré, me di cuenta que te había perdido de verdad.
                «Siento que se diera cuenta tan tarde».

Caía la tarde. El manto oscuro de la noche empezaba a asomarse por Cantabria y los pescadores, en sus pequeños barcos de pesca, comenzaban las labores para salir a faenar en cuanto cayera la noche.

Continuamos charlando, caminando por el paseo marítimo. Llevaba toda la tarde, y no con demasiada ilusión, esperando a que llegara este momento. Sabía que los recuerdos iban llegando desde que ella apareció por mi puerta, desde lo mas profundo del subconsciente, desde las tenebrosas brumas del abismo de mi pasado.

                —¿Recuerdas aquella ocasión en la que…?
                «¡No voy a recordar!»

Llegó la media noche, recordando aquel pasado que tuvimos en común. Recordando, recobrando la pasión, las ansias de vivir, la ilusión perdida y olvidada hacía tanto tiempo.

Abandonamos el paseo marítimo, camino de casa. Mi brazo rodeaba su cintura, su mano, en el bolsillo trasero de mis tejanos. Empezaba a recobrar la ilusión, las ganas de vivir. Subimos a mi piso. Apenas había cerrado la puerta ya estábamos desnudos. Retiramos la mesa baja del salón para dejar sitio libre sobre la alfombra. Mis manos volvieron a sumergirse en la calidez tersa y suave de su piel, su cuello descubierto, sus pechos firmes y blancos, sus caderas redondas, su ombligo, visitante esperado, sus pies, sus rodillas, sus muslos, su pubis…

                «Te compararé con una noche de verano…» llegó a mi mente.

Desperté a las nueve de la mañana, pero ella ya no estaba. La busqué desesperado por toda la casa, pero ella ya no estaba. Entonces empecé a recordar lo que había ocurrido. Nada. El día anterior me parecía confuso, turbio. Se mezclaba con otro ayer tan monótono como los de los últimos veintisiete años. Tardé en darme cuenta de que ella fue realmente un fantasma de mi pasado, que volvió, quien sabe desde donde y desde cuando, para pasar ese día conmigo; para recordar y para revivir lo que fue aquel verano de mi juventud en Madrid.

Salí a la calle. De camino al instituto, me paré de pronto. Sentía una mirada penetrante detrás de mí. Me volví y me encontré con un gato negro que, efectivamente, me miraba fijamente. Le miré y sus ojos me parecieron familiares. Ladeó la cabeza y maulló muy flojito.

                —Adiós— le dije yo, y desapreció de un salto por un callejón oscuro.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.
  •  Publicado en la revista El Vendedor de Pararrayos (Barcelona) en septiembre de 1998.

Caracteres tipográficos para escritores

En ocasiones se hace difícil encontrar, en nuestros teclados de ordenador, algunos caracteres que nos pueden ser muy útiles a la hora de dar cuerpo a nuestros relatos, narraciones o novelas.

Uno de estos caracteres son las comillas tipográficas de apertura '«' y de cierre '»'. Se suelen utilizar para indicar los pensamientos de un personaje o, en otras ocasiones para apuntar citas literales. Se usen para lo que se usen, no las podemos encontrar en un teclado de ordenador al uso. Pero sí que tenemos una manera de obtenerlas.

En el procesador de textos, con el cursor colocado en la posición en donde queramos insertar dicho caracter, tenemos que pulsar la tecla Alt, que se encuentra a la izquierda de la barra espaciadora y, sin soltarla, escribir el número 174 en el teclado numérico. Es importante esto último, ya que no funcionará si usamos la línea numérica superior. Hay que usar el teclado numérico. Una vez escrito dicho número, soltaremos la tecla Alt. Para insertar el cierre de comillas tipográficas, usaremos el mísmo método pero usando el código 175.
Alt + 174: «
Alt + 175: »
 Otro carácter que no suele encontrarse en ningún teclado al uso es el guión largo para delimitar los diálogos y las acotaciones en éstos. El guión que solemos encontrar en un teclado es el guión corto o símbolo 'menos' o de sustracción. Este es apto para ser usado en fórmulas matemáticas, pero no para ser usado en diálogos. Para los diálogos usaremos la combinación de teclas Alt y el código 0151 del teclado numérico.
Alt  + 0151: —

Un día en la vida (en la mía)



Hoy he leído en el periódico unas noticias
sobre un tipo con suerte que ha triunfado
y aunque era algo mas bien triste,
no he podido contener la risa al ver su fotografía.
(A Day in the Life - J. Lennon / P. Mc Cartney)

Hoy me he levantado a las nueve y media para ir a la academia, aunque el despertador llevaba ya sonando dos horas. En vista del retraso me da la impresión de que no voy a llegar a tiempo a clase de álgebra. Total, para lo que sirve... Me levanto, hago un pis (que parecen dos) y me voy a la cocina (no sin antes no haberme lavado las manos). Enciendo el calentador. Cojo una taza y me echo el café, me echo la leche, me echo el azúcar, me echo la mermelada, me echo la mantequilla, me echo una magdalena, me echo sobrasada, me echo unos higaditos de pollo, me echo cebolla, ajo, sal y pimienta, me echo una copita de Carlos III y lo echo todo al water porque  me están dando arcadas.

Me ducho rápidamente, me visto un poco más despacio (porque no soy muy mañoso con los botones de la bragueta) y me bajo a desayunar al bar de la esquina con la mochila a cuestas. Café, tostadas y una ración extra de churros. Dejo en cuenta el desayuno, como el de los 243 días anteriores. Creo que un día de estos voy a tener que pagarlos todos juntos.

Me voy a la parada del autobús. Tras esperar unos 20 minutos, el 25 pasa lleno y no para. Otros veinte minutos. Me acuerdo ahora (no sé por qué) del anuncio que sale por Telemadrid promocionando el transporte público. Por fín logro subir a un autobús. Arranca y me empotro contra una enorme señora que va sentada en el asiento del fondo del pasillo. Me disculpo y me siento un poco más adelante. Saco de la mochila el último libro de Eduardo Mendoza y me pongo a leer. El extraordinario entrenamiento de los conductores de la EMT surte efecto a la perfección y el nuestro pilla un bache (tras otro) y el libro sale disparado por los aires y va a caer sobre una enorme señora que va sentada en el asiento del fondo del pasillo. Hago como si el libro no fuese mío y no oigo a la señora que lanza todo tipo de improperios por su medio desdentada y piorreica  boca.

A mi lado va un señor de edad media, en estado medio de embriaguez y descomposición, estado civil: soltero. Ya me había asustado por el mal olor; empezaba a creer que era yo. Me cambio de sitio porque al señor de al lado se le ha caído un brazo y casi se me cuela en la mochila. Me pongo en uno de esos asientos que van mirando hacia atrás y como no veo por donde vamos, me paso de largo la parada. Estoy viendo que tampoco voy a llegar a clase de electricidad. Me bajo en la siguiente parada y salgo corriendo hacia Gran Vía con tal ímpetu que me llevo por medio a una ancianita que daba de comer a las palomas, un cochecito de niño y una farola, que no cede y me rompo las gafas.

Llego a la academia cuando está entrando el profesor en clase. “Teniendo en cuenta que el flujo en el entrehierro es constante y demostrando por la ley de Ampere que el campo en el interior de un cilindro no es igual al gran tamaño de las orejas de los conejos australianos  les permiten detectar intrusos en su territorio...” Creo que se me ha ido el santo al cielo.

Por fin termina la clase, aunque debe de hacer rato ya porque me he dado cuenta de que estoy solo. Me levanto y me largo. Subo hasta Callao y cojo el Metro (aunque más bien es el Metro el que me coge a mí). Me bajo a las dos estaciones y salgo a la calle para coger el 17. ¡Andá! ¿y la parada? Después de devanarme los sesos un rato (no más de 40 minutos) me cosco de que he debido coger el Metro en sentido contrario, ya que en vez de estar en La Latina estoy en Chueca. Otra vez al Metro. Esta vez voy bien. Llego a casa, me quito los zapatos y pongo los pies en remojo en el caldo del cocido, mientras pienso que mejor me tomaré una crema de espárragos. Me hago una tortilla de langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago un revuelto de ajetes, trigueros, langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago una hamburguesa casera con carne, lechuga, tomate, pepinillos, langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago un bocata de jamón y mantequilla para merendar esta tarde. Me lo zampo. Hago otro bocata. Un antiácido y un eruptito.

Cojo otra vez el autobús (esta vez a la primera) y me voy a la biblioteca. Voy todas las tardes y hago que estudio. Creo que lo hago muy bien, porque todo el mundo se lo cree, pero realmente lo que hago es escribir poesías, que a la salida tiro a una papelera, ya que como me las encontrasen mis amigos me darían de collejas. Me bajo del autobús y subo al susodicho antro de culto a la cultura.

Llevo ya cuatro horas con un calor sofocante, creo que he adelgazado 20 o más kilos porque se me caen los pantalones con el cinturón abrochado en el último agujero. Opto por beberme veinte litros de agua que me dan en el bar en un cubo. Al otro extremo del bar hay una chica apoyada en la barra que me ha estado mirando toda la tarde en la sala. Me acerco a ella, me apoyo yo también y la saludo. Ella se vuelve y me deslumbro ante sus ojos turquesa, sus labios bermellón y el mostacho que le sale debajo de la nariz. ¡Claro, como me he roto las gafas esta mañana! Acto seguido me voy sin despedirme y le digo al camarero que le cargue el cubo de agua a ella (o ello) en su cuenta. Salgo pitando de la biblioteca, a la que no pienso volver, todo angustiado.

Creo que por hoy he tenido ya bastante. Me voy a casa. me tomaré un yogur y que cocine otro. Me pongo la tele un rato y después de pillarme una depre de caballo con el telediario, me trago un spaghetti western con el cual consigo dormirme... Buenas noches.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.
  • Seleccionado y publicado en el I Festival Literario “Doña Pela” de la revista La Vieja Factoría. (Alicante) en su edición de 1.997.
  • Publicado en la revista Isla Desnuda (Albacete) en abril de 1.998.

La Sorpresa

Fue a finales de mayo, en Madrid. Él estaba sentado en una terraza de la Plaza Mayor. Cruzadas las piernas, dejaba ver unos zapatos de ...