Un día en la vida (en la mía)



Hoy he leído en el periódico unas noticias
sobre un tipo con suerte que ha triunfado
y aunque era algo mas bien triste,
no he podido contener la risa al ver su fotografía.
(A Day in the Life - J. Lennon / P. Mc Cartney)

Hoy me he levantado a las nueve y media para ir a la academia, aunque el despertador llevaba ya sonando dos horas. En vista del retraso me da la impresión de que no voy a llegar a tiempo a clase de álgebra. Total, para lo que sirve... Me levanto, hago un pis (que parecen dos) y me voy a la cocina (no sin antes no haberme lavado las manos). Enciendo el calentador. Cojo una taza y me echo el café, me echo la leche, me echo el azúcar, me echo la mermelada, me echo la mantequilla, me echo una magdalena, me echo sobrasada, me echo unos higaditos de pollo, me echo cebolla, ajo, sal y pimienta, me echo una copita de Carlos III y lo echo todo al water porque  me están dando arcadas.

Me ducho rápidamente, me visto un poco más despacio (porque no soy muy mañoso con los botones de la bragueta) y me bajo a desayunar al bar de la esquina con la mochila a cuestas. Café, tostadas y una ración extra de churros. Dejo en cuenta el desayuno, como el de los 243 días anteriores. Creo que un día de estos voy a tener que pagarlos todos juntos.

Me voy a la parada del autobús. Tras esperar unos 20 minutos, el 25 pasa lleno y no para. Otros veinte minutos. Me acuerdo ahora (no sé por qué) del anuncio que sale por Telemadrid promocionando el transporte público. Por fín logro subir a un autobús. Arranca y me empotro contra una enorme señora que va sentada en el asiento del fondo del pasillo. Me disculpo y me siento un poco más adelante. Saco de la mochila el último libro de Eduardo Mendoza y me pongo a leer. El extraordinario entrenamiento de los conductores de la EMT surte efecto a la perfección y el nuestro pilla un bache (tras otro) y el libro sale disparado por los aires y va a caer sobre una enorme señora que va sentada en el asiento del fondo del pasillo. Hago como si el libro no fuese mío y no oigo a la señora que lanza todo tipo de improperios por su medio desdentada y piorreica  boca.

A mi lado va un señor de edad media, en estado medio de embriaguez y descomposición, estado civil: soltero. Ya me había asustado por el mal olor; empezaba a creer que era yo. Me cambio de sitio porque al señor de al lado se le ha caído un brazo y casi se me cuela en la mochila. Me pongo en uno de esos asientos que van mirando hacia atrás y como no veo por donde vamos, me paso de largo la parada. Estoy viendo que tampoco voy a llegar a clase de electricidad. Me bajo en la siguiente parada y salgo corriendo hacia Gran Vía con tal ímpetu que me llevo por medio a una ancianita que daba de comer a las palomas, un cochecito de niño y una farola, que no cede y me rompo las gafas.

Llego a la academia cuando está entrando el profesor en clase. “Teniendo en cuenta que el flujo en el entrehierro es constante y demostrando por la ley de Ampere que el campo en el interior de un cilindro no es igual al gran tamaño de las orejas de los conejos australianos  les permiten detectar intrusos en su territorio...” Creo que se me ha ido el santo al cielo.

Por fin termina la clase, aunque debe de hacer rato ya porque me he dado cuenta de que estoy solo. Me levanto y me largo. Subo hasta Callao y cojo el Metro (aunque más bien es el Metro el que me coge a mí). Me bajo a las dos estaciones y salgo a la calle para coger el 17. ¡Andá! ¿y la parada? Después de devanarme los sesos un rato (no más de 40 minutos) me cosco de que he debido coger el Metro en sentido contrario, ya que en vez de estar en La Latina estoy en Chueca. Otra vez al Metro. Esta vez voy bien. Llego a casa, me quito los zapatos y pongo los pies en remojo en el caldo del cocido, mientras pienso que mejor me tomaré una crema de espárragos. Me hago una tortilla de langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago un revuelto de ajetes, trigueros, langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago una hamburguesa casera con carne, lechuga, tomate, pepinillos, langostinos y huevo. Me la zampo. Me hago un bocata de jamón y mantequilla para merendar esta tarde. Me lo zampo. Hago otro bocata. Un antiácido y un eruptito.

Cojo otra vez el autobús (esta vez a la primera) y me voy a la biblioteca. Voy todas las tardes y hago que estudio. Creo que lo hago muy bien, porque todo el mundo se lo cree, pero realmente lo que hago es escribir poesías, que a la salida tiro a una papelera, ya que como me las encontrasen mis amigos me darían de collejas. Me bajo del autobús y subo al susodicho antro de culto a la cultura.

Llevo ya cuatro horas con un calor sofocante, creo que he adelgazado 20 o más kilos porque se me caen los pantalones con el cinturón abrochado en el último agujero. Opto por beberme veinte litros de agua que me dan en el bar en un cubo. Al otro extremo del bar hay una chica apoyada en la barra que me ha estado mirando toda la tarde en la sala. Me acerco a ella, me apoyo yo también y la saludo. Ella se vuelve y me deslumbro ante sus ojos turquesa, sus labios bermellón y el mostacho que le sale debajo de la nariz. ¡Claro, como me he roto las gafas esta mañana! Acto seguido me voy sin despedirme y le digo al camarero que le cargue el cubo de agua a ella (o ello) en su cuenta. Salgo pitando de la biblioteca, a la que no pienso volver, todo angustiado.

Creo que por hoy he tenido ya bastante. Me voy a casa. me tomaré un yogur y que cocine otro. Me pongo la tele un rato y después de pillarme una depre de caballo con el telediario, me trago un spaghetti western con el cual consigo dormirme... Buenas noches.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.
  • Seleccionado y publicado en el I Festival Literario “Doña Pela” de la revista La Vieja Factoría. (Alicante) en su edición de 1.997.
  • Publicado en la revista Isla Desnuda (Albacete) en abril de 1.998.

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