jueves, 16 de marzo de 2017

Los fantasmas de Menlove Ave.



No faltaron ni una sola vez a su cita durante aquellas semanas. Puntuales, siempre a la misma hora; a eso de las siete de la tarde. Siempre en el mismo lugar.

La esquina de Menlove avenue con 27th st. Era una hora de mucho tránsito; todo el mundo iba y venía. Las mujeres con sus bolsitos de mano, donde portaban su polvera y poco más, con sus sombreros de flores y sus perlas al cuello. Los hombres con pajarita y sombrero de copa, todos de negro. Un semáforo regulaba el tráfico en el cruce. Marchando de aquí para allá un Ford T, un Crossley, quizá algún Rolls Royce.

Siempre en la misma esquina, siempre a la misma hora. El sol iluminaba levemente las calles, dispuesto a ponerse. Allí, en la otra punta del cruce, entre el tráfico y las personas que caminaban, el viejo Tom observaba absorto. Él con sus anchos pantalones que le tapaban los pies, sus zapatos mates de hollín, su camisa desgarbada y su gorra, ocultando un pelo tan enmarañado como sucio. Ella, con su vestido raído, su bolsa cruzada y sus pies descalzos; en el pelo una horquilla que encontró en la basura. No parecía importarles la lluvia. Cuando se encontraban, se paraban, se miraban a los ojos, cogidos de ambas manos y se fundían en un abrazo que parecía no terminar nunca. Él le separaba el pelo de la cara, ella cerraba los ojos y le besaba. Nadie se fijaba en ellos, ni ellos lo pretendían lo más mínimo.

Fueron unas pocas semanas las que estuvo el viejo Tom viéndoles cada noche, desde la otra esquina del cruce, debajo de su abrigo, su bufanda y sus cartones. Nadie supo de aquella pareja, más que el viejo Tom. Tan solo fueron dos o tres semanas.

Esta historia me la contó una vieja que una vez encontré cerca de Menlove avenue. «Se quedaba mirando al otro extremo del cruce, atónito, con la mirada perdida en la distancia y en el tiempo. Yo nunca vi a los jóvenes que el viejo Tom me decía,… hasta la última noche. Fue entonces cuando vi a un muchacho y una muchacha que nos decían adiós con la mano desde la otra acera… Esa misma noche, entre sus cartones, murió el viejo Tom.»


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.