domingo, 5 de marzo de 2017

Los ojos de un gato negro



Cuando ella reapareció, mi mundo, ese mundo que me había construido poco a poco, durante tantos años, totalmente a mi gusto, a mi imagen y semejanza, se vino abajo. No sé cómo me encontró. Yo me consideraba por entonces totalmente perdido y desaparecido para los demás.

Apareció un día a la hora de comer en mi propia casa. Si hubiese llamado por teléfono, podría haberla evitado de alguna forma, pero se presentó en casa. Sonó el timbre (un solo dindón). Pensé en la presidenta de la comunidad de vecinos que volvía a pedirme ayuda porque no le casaban las cuentas. Así que abrí sin mirar por la mirilla. Me quedé paralizado. Supongo que pondría cara de haber visto un fantasma. Y, al fin y al cabo, eso era lo que estaba viendo.

                —Bueno, ¿no me vas a saludar?
                «¿Eh?»
                —Vamos, despierta.

Allí estaba ella igual que siempre. No había cambiado. Su mirada, su sonrisa, sus mofletes. Gracias a la enorme locuacidad que me permite desenvolverme ante cualquier situación, dije:

                —¿Eh?

Abrí los ojos y la boca; como un estúpido me la quedé mirando. Al fin pude reaccionar y la invité a pasar.

Comimos en casa, no gran cosa, ni siquiera lo recuerdo. Me sentía muy distante a ella, pero empezaba a apoderarse de mí un sentimiento que volvía vertiginosamente desde un pasado lejano, muy lejano.

Nos fuimos a tomar el café y a hacer la sobremesa a un bar del puerto al que yo suelo ir todavía, casi todos los sábados.

                —Me ha costado encontrarte, llevo tres meses siguiéndote la pista.
                «¿Y qué son tres meses comparados con veintisiete años?»
                —Sabía donde tenía que buscar, pero hay muchos institutos en Asturias.
                «¡Bingo! Quien la sigue, la consigue».

Me contó su historia, veintisiete años de historia personal. Se fue a vivir a París con un francés, pero a los meses volvió a Madrid. Para entonces yo ya había desaparecido.

                —Me dejaste de escribir…
                «Normal, nunca me cayó bien aquel engreído franchute».
                —…y cuando volví, ni Carlos sabía dónde te habías metido.

Estuve escuchando durante toda la tarde, ya que esos veintisiete años, a mí se me reducían al mismo día, a la misma monotonía. Veintisiete años de monotonía, rota por su violenta aparición.

                —Cuando no te encontré, me di cuenta que te había perdido de verdad.
                «Siento que se diera cuenta tan tarde».

Caía la tarde. El manto oscuro de la noche empezaba a asomarse por Cantabria y los pescadores, en sus pequeños barcos de pesca, comenzaban las labores para salir a faenar en cuanto cayera la noche.

Continuamos charlando, caminando por el paseo marítimo. Llevaba toda la tarde, y no con demasiada ilusión, esperando a que llegara este momento. Sabía que los recuerdos iban llegando desde que ella apareció por mi puerta, desde lo mas profundo del subconsciente, desde las tenebrosas brumas del abismo de mi pasado.

                —¿Recuerdas aquella ocasión en la que…?
                «¡No voy a recordar!»

Llegó la media noche, recordando aquel pasado que tuvimos en común. Recordando, recobrando la pasión, las ansias de vivir, la ilusión perdida y olvidada hacía tanto tiempo.

Abandonamos el paseo marítimo, camino de casa. Mi brazo rodeaba su cintura, su mano, en el bolsillo trasero de mis tejanos. Empezaba a recobrar la ilusión, las ganas de vivir. Subimos a mi piso. Apenas había cerrado la puerta ya estábamos desnudos. Retiramos la mesa baja del salón para dejar sitio libre sobre la alfombra. Mis manos volvieron a sumergirse en la calidez tersa y suave de su piel, su cuello descubierto, sus pechos firmes y blancos, sus caderas redondas, su ombligo, visitante esperado, sus pies, sus rodillas, sus muslos, su pubis…

                «Te compararé con una noche de verano…» llegó a mi mente.

Desperté a las nueve de la mañana, pero ella ya no estaba. La busqué desesperado por toda la casa, pero ella ya no estaba. Entonces empecé a recordar lo que había ocurrido. Nada. El día anterior me parecía confuso, turbio. Se mezclaba con otro ayer tan monótono como los de los últimos veintisiete años. Tardé en darme cuenta de que ella fue realmente un fantasma de mi pasado, que volvió, quien sabe desde donde y desde cuando, para pasar ese día conmigo; para recordar y para revivir lo que fue aquel verano de mi juventud en Madrid.

Salí a la calle. De camino al instituto, me paré de pronto. Sentía una mirada penetrante detrás de mí. Me volví y me encontré con un gato negro que, efectivamente, me miraba fijamente. Le miré y sus ojos me parecieron familiares. Ladeó la cabeza y maulló muy flojito.

                —Adiós— le dije yo, y desapreció de un salto por un callejón oscuro.


© 1.997, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.
  •  Publicado en la revista El Vendedor de Pararrayos (Barcelona) en septiembre de 1998.