viernes, 2 de febrero de 2018

Asdrúbal



Llegó a la rotonda del pabellón de deportes accionando el acelerador de su Harley Davidson repetidas veces. La motocicleta, embragada para dejarse oír, llenó la plazoleta con su característico rugido. A la grupa, tras unas gafas de sol de aviador y una barba que ya era más canosa que negra, los presentes reconocieron a Asdrúbal. Giró en la rotonda y, acelerando al máximo, se alejó del lugar por la misma calle por la que había venido. Pantalón de cuero, camiseta de Iron Maiden, cazadora vaquera a la que había quitado las mangas, botas de puntera redonda y casco prusiano. De esta guisa se paseaba los domingos por la calle principal del pueblo el único ángel del infierno que vivía en la localidad. En el depósito de la gasolina una pegatina redonda blanca con una cruz roja en su interior.

Un grupo de abuelos, sentados en un banco tomando el sol de marzo, cesaron su conversación al escuchar el bramido de la máquina. Le siguieron con la mirada, mientras daba la vuelta a la rotonda, algo molestos por aquel ruido que no podía calificarse de otra manera que no fuera infernal.

Frente al pabellón de deportes, unos adolescentes se quedaron mudos, sonriendo al ver llegar el ingenio motorizado. Los chicos pensando en comprarse una como aquélla en cuanto tuvieran edad. Las chicas, soñando abrazarse al motorista por la espalda, mientras el viento arrastraba sus cabellos y sentían la fuerza del hombre y de la máquina.

Dos perros bóxer, asustados por el estruendo, comenzaron a ladrar sujetos por las cadenas que agarraban con firmeza sus amos. Ambos se miraron sonriendo y haciendo un gesto con las cejas apuntando hacia el motorista.

Desde la cafetería Elisa, entre el sonido de la cafetera y de una televisión que nadie atendía, algunas mujeres que tenían por costumbre tomar un café juntas después de salir de misa, también miraron al pintoresco jinete.
—Ahí va Asdrúbal —dijo una, sintiendo al mismo tiempo rechazo y agradecimiento. Rechazo por que su hijo, que se encontraba entre los adolescentes de la plaza, no se convirtiera en un tipo como aquel. Y agradecimiento por el encuentro que tuvo días antes con el mismísimo Asdrúbal.

Los domingos eran esos días en que la paz del pueblo se veía interrumpida momentáneamente por la tormenta que formaba aquel fabuloso demonio. Y, aunque no dejaba de ser un individuo molesto, todo el pueblo le respetaba de alguna manera. Sabían que, tarde o temprano, se las verían con él. Frente a frente. Como la mujer que tomaba café con sus amigas.

Ya sea mañana lunes, o el martes, o quizás dentro de una semana o mes. Más pronto que tarde todos los habitantes del pueblo pasarían por las manos de Asdrúbal. Una herida sucia, unos puntos de sutura, una inyección, un hombro dislocado, una extracción de sangre. Las manos de Asdrúbal eran, sin ninguna duda, las mejores de la comarca en cuestión de enfermería. Y es que ese leviatán que monta los domingos al mismísimo lucifer, de lunes a viernes se dedica a sanar los cuerpos de los vecinos que ahora le miran desaparecer envuelto en una nube de humo.


© 2017, Santiago D. Delgado Llopis (Madrid, España). Todos los derechos reservados.

Asdrúbal

Llegó a la rotonda del pabellón de deportes accionando el acelerador de su Harley Davidson repetidas veces. La motocicleta, embragada ...